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Fenómeno de El Niño: ¿Lloverá en la Región de Coquimbo este invierno 2026?

El académico de la Universidad de La Serena y director del PROMMRA, Pablo Álvarez explica que hay hasta 61% de probabilidad de un Niño Débil, y el ecólogo Cristian Delpiano advierte que incluso con lluvias la recuperación ecológica en el territorio no sería inmediata.
En medio de la incertidumbre climática y la prolongada escasez hídrica que afecta a la Región de Coquimbo, surgen interrogantes sobre cómo se comportará el invierno de 2026 y en ese escenario hay proyecciones que sugieren la posible transición desde condiciones neutras hacia un evento de El Niño débil o moderado, lo que podría influir en las precipitaciones de la zona centro-norte del país.
Respecto a esto, el académico del Departamento Agronomía de la Universidad de La Serena y director del Laboratorio PROMMRA y del Consorcio Centro Tecnológico del Agua Quitai-Anko, Pablo Álvarez dijo que “el International Research Institute for Climate & Society (IRI) de la Universidad de Columbia y el Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno de El Niño (CIIFEN) citan datos que podrían indicar la presencia de El Niño durante el invierno 2026”.
Álvarez también explicó que esto se fundamenta en “el Índice Oceánico de El Niño (ONI) es la medida principal de la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA), que mide la temperatura de superficie del mar cercana al Ecuador que se llama Zona 3-4, a partir de lo que se genera un modelo de proyección que está relacionado con eventos de mayor o de menor precipitación en Chile, particularmente en la zona central y centro-norte”.
“En febrero la proyección indica que en el trimestre marzo-abril-mayo de los 23 modelos, hay 19 que se mantienen en una condición neutra, lo que quiere decir que no hay razones para pensar que pudiera haber ni más ni menos precipitaciones que lo normal”, añadió.
En ese mismo periodo, el ingeniero agrónomo detalló que “de los 23 modelos, hay 4 que muestran una condición distinta, 3 una condición de El Niño y 1 con características de una Niña débil. Sin embargo, en el trimestre abril-mayo-junio, 7 modelos indican un fenómeno de El Niño, con características débiles”.
“En el trimestre mayo–junio–julio, correspondiente al pleno invierno, de los 23 modelos analizados, 9 proyectan condiciones neutrales, mientras que 14 indican la presencia de un evento El Niño. Dentro de estos últimos, 9 modelos prevén un Niño de intensidad débil y 5 modelos proyectan un Niño de intensidad moderada”, sostuvo.
En línea con esto, el experto recalcó que “la condición de El Niño efectivamente presenta una probabilidad mayor al 50%, pero con un máximo del 61% de probabilidad a partir del trimestre mayo-junio-julio, esta no es una probabilidad muy alta, además se debe considerar que en general son niños débiles y proyectar más allá de aquello es demasiado aventurado”.
“Aún es muy temprano para analizar solo con los datos de febrero, habrá que analizar las proyecciones a contar de marzo o abril, pero en rigor, para que se den grandes precipitaciones, debería haber un aumento abundante e intenso de la temperatura de superficie del mar, en la zona 3-4, lo que hasta ahora no se ha visto, pero puede cambiar”, aseguró.
Ahondando en esto, el experto indicó que “para que se den precipitaciones, se debería debilitar el anticiclón del Pacífico frente a las costas de la región, para permitir el paso de frentes que vienen del sur de Chile durante el invierno; deberían llegar frentes desde el centro, sur y el oeste del país, porque si no difícilmente se producirán lluvias. Además, para que estas precipitaciones sean intensas, este eventual Niño tardío debería verse reforzado por otros fenómenos, como ríos atmosféricos, frentes fríos en altura o incluso la influencia de la oscilación Madden-Julian”.
Sobre esto, Álvarez alertó que “el calentamiento del océano podría producirse demasiado tarde. Si eso ocurre hacia el final del invierno o incluso en primavera, los efectos del fenómeno se manifestarían más en el aumento de las temperaturas que en precipitaciones”.
Efectos
En cuanto al impacto que podría tener en los ecosistemas locales, si se llega a concretar un evento de El Niño débil o moderado con lluvias intensas y tardías, el investigador del Laboratorio de Ecología del Desierto de la Universidad de La Serena y del Instituto de Ecología y Biodiversidad, Cristian Delpiano especificó que “en los ecosistemas áridos, las precipitaciones son naturalmente muy variables e impredecibles. A medida que aumenta la aridez esta incertidumbre es aún mayor. En estos ambientes, el agua es el principal factor que regula el funcionamiento de los ecosistemas y por eso las especies han desarrollado diversas adaptaciones para sobrevivir a la sequía”.
“En la Región de Coquimbo, las lluvias normalmente ocurren en invierno. Si se presentan de forma más tardía, es esperable que la respuesta de la vegetación también se retrase en el tiempo. Si además las precipitaciones superan ciertos umbrales, la vegetación podría mostrar una respuesta más intensa y prolongada, incluso con eventos de floración masiva como ocurre con el Desierto Florido”, agregó.
Con respecto a esto, el doctor en Biología y Ecología Aplicada hizo hincapié en que “un año lluvioso puede generar una respuesta visible de la vegetación, pero en los ecosistemas áridos esa respuesta siempre depende del equilibrio entre agua disponible, temperatura y las condiciones previas del sistema”.
Al ser consultado por los efectos en el caso de que el invierno sea más cálido en la región, el ecólogo respondió que “los ecosistemas áridos se desarrollan en condiciones ambientales límite, por lo que son sensibles a cambios ambientales, y la relación entre las plantas y el suelo es fundamental para mantener el equilibrio ecológico y la capacidad de recuperarse frente a las sequías”.
En suma a esto, el especialista afirmó que “en la Región de Coquimbo, la fuerte pérdida de cobertura vegetal y los altos niveles de degradación del suelo han debilitado esta relación. Por ello, incluso si ocurre un año con lluvias abundantes, es poco probable que se produzca una recuperación ecológica significativa en el corto plazo. La degradación acumulada durante décadas de impacto humano limita la capacidad de los ecosistemas para responder rápidamente a eventos favorables”.
“Es necesario incorporar acciones que permitan aprovechar estos eventos para poder iniciar y acelerar la recuperación de las funciones de los ecosistemas”, advirtió.
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