Más del 20% de los niños chilenos tiene obesidad: el rol de la familia y las emociones

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Expertos de la Universidad de La Serena explican cómo los hábitos en casa y el hambre emocional influyen en el aumento de la obesidad infantil.

La obesidad se ha transformado en una pandemia global, así lo demostró un estudio publicado en The Lancet, reveló que más de mil millones de personas fueron clasificadas como obesas en 2022 y que las tasas se han cuadruplicado entre niños y adolescentes. En Chile, las cifras también son preocupantes, ya que en 2022 la obesidad alcanzó el 20% en niñas y el 30% en niños, la tasa más alta de Latinoamérica.

En este escenario, la nutricionista del Departamento de Salud Estudiantil de la Universidad de La Serena, Angélica Henríquez Cerna aseguró que “en la infancia, lo más efectivo es construir hábitos alimentarios desde la vida cotidiana en las familias, mantener y ofrecer alimentos frescos, como frutas y verduras de temporada a diario, para así familiarizar a los niños/as a su sabor”.

La diplomada en conducta alimentaria también recomendó “intentar establecer horarios de comida, incluyendo colaciones, de esta forma se disminuye la frecuencia de picoteos, ayudando a que los niños/as reconozcan las señales de hambre y saciedad, optimizando sus capacidades de aprendizaje, crecimiento, energía, etc.”.

Sumado a esto, la nutricionista recalcó la importancia de que “niños y niñas participen más activamente en la alimentación familiar, por ejemplo, escogiendo frutas, ayudando a preparar platos o sus propias colaciones, así se aumenta el interés y disposición a probar alimentos nuevos”.

En relación al rol que podrían cumplir los hábitos familiares en el aumento de la obesidad infantil en Chile, la especialista advirtió que “los niños no aprenden a alimentarse solos, si no que aprenden observando y participando de su entorno. Por ejemplo, si en un hogar el consumo de alimentos ultraprocesados es habitual, los niños/as crecen normalizando este tipo de alimentación”.

“En muchas familias se cuenta con poco tiempo para comer juntos, por eso es tan habitual hacerlo frente a pantallas y sin horarios definidos, lo que dificulta la conexión con las señales de hambre y saciedad. Por eso, la mejor estrategia para prevenir la obesidad infantil debe enfocarse en acompañar a la familia a construir un entorno más saludable, realista y sostenible en el tiempo”, destacó.

Hambre emocional

La obesidad infantil también podría estar vinculada a otros factores, como cuando los niños comen para manejar emociones como ansiedad, tristeza o aburrimiento.

En relación a esto, el académico y coordinador del Centro de Atención Psicológica (CAPSI) de la USerena, Néstor González Durán, explicó que “el hambre real es gradual, acepta distintos alimentos y desaparece cuando se está satisfecho; el hambre emocional es repentina, específica (generalmente busca alimentos ultraprocesados) y persiste incluso después de comer, porque el problema que la originó sigue ahí”.

“Si el niño pide comer justo después de un conflicto o por aburrimiento, si come rápido o termina y siente culpa o vergüenza, son señales de que la comida está cumpliendo una función reguladora”, agregó el psicólogo clínico.

En esta línea, el psicólogo clínico advirtió que “un niño que come frente a la pantalla de forma automática, sin registrar lo que consume, probablemente está usando la comida para modular un estado interno que no sabe gestionar. Es una estrategia de regulación emocional que aprendió porque funcionó momentáneamente”.

Profundizando en este punto, el magíster en Psicología recalcó que “la clave está en ampliar el repertorio de regulación emocional del niño. Si la comida es su única herramienta para calmarse, no podemos quitársela sin ofrecer alternativas concretas”.

“Los niños co-regulan sus emociones con un adulto significativo, por eso los cuidadores deben aprender a nombrar lo que el niño siente antes de ofrecer comida. Preguntarle si tiene hambre o está angustiado, ya que eso activa la capacidad metacognitiva de distinguir estados internos”, añadió.

El especialista en trastornos ansiosos también sugirió que “el movimiento corporal es un regulador emocional muy potente, respaldado por evidencia neurocientífica sólida, ya que reduce el cortisol y libera endorfinas de forma natural”.

Otra cosa que destacó el especialista es que “la ansiedad infantil se alimenta de la incertidumbre, pero si un niño que sabe a qué hora come, duerme y qué va a ocurrir en su día, tendrá un sistema nervioso más regulado”.

Finalmente, González recalcó que “si el comportamiento alimentario emocional es frecuente e intenso, hay que consultar con un especialista, ya que un niño que aprende a regular sus emociones tiene muchas menos probabilidades de desarrollar trastornos de conducta alimentaria, ansiedad crónica u obesidad en la adolescencia”.