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Prohibir o educar: el dilema tras el uso de redes en adolescentes

En el marco de la presentación de un proyecto de ley que prohíbe el acceso a plataformas en menores de 16 años, académicos de la USerena reconocen que la medida apunta a riesgos reales en la salud mental de los jóvenes, pero coinciden en que sin educación digital y pensamiento crítico su impacto sería limitado.
El debate sobre el uso de redes sociales en menores ha vuelto de nuevo al centro de la agenda en Chile, ya que el Gobierno alista un proyecto de ley, enmarcado en el llamado “Plan Entornos Digitales Seguros”, que busca prohibir el acceso a estas plataformas a menores de 16 años, abriendo una discusión que mezcla protección, libertad y el rol de la tecnología en la vida cotidiana.
La propuesta, que según anunció el gobierno será enviada al Congreso Nacional en las próximas semanas, advierte sobre los riesgos del uso sin control de redes sociales, desde el ciberacoso hasta su eventual utilización por redes delictivas para contactar a menores.
Respecto a esto, el académico del Departamento de Psicología y coordinador del Centro de Atención Psicológica y Salud Integral (CAPSI) de la Universidad de La Serena, Nestor González, explicó que “cuando un adolescente pasa horas frente a su celular revisando likes y scrolleando sin parar, no está simplemente perdiendo el tiempo, está interactuando con plataformas diseñadas para mantenerlo ahí el mayor tiempo posible, activando los mismos circuitos cerebrales que se activan en las conductas adictivas.
“Esto no es una metáfora ni una exageración; es neurobiología aplicada al negocio digital”, aseguró el psicoterapeuta en trastornos del ánimo.
Ahondando en esto, el experto en trastornos ansiosos sostuvo que “la iniciativa del Ministerio de Desarrollo Social de restringir el acceso de menores a redes sociales va en una dirección correcta, pero llega a medias, ya que el período entre los diez y los quince años es quizás el más crítico, porque el cerebro adolescente tiene sistemas de recompensa muy activos y una corteza prefrontal que aún no termina de madurar, lo que significa una menor capacidad para frenar impulsos y evaluar consecuencias”.
En apoyo a esto, el académico recalcó que “las plataformas digitales, con sus notificaciones constantes y sus métricas de validación social, explotan precisamente esa asimetría, y esto no es casualidad, es parte de su diseño”.
Además, el especialista en estrés post-traumático hizo hincapié en que “la evidencia científica muestra con consistencia que el uso intensivo de redes sociales se asocia a mayor sintomatología depresiva y ansiosa en adolescentes, especialmente en mujeres jóvenes”.
“La comparación social permanente distorsiona la autoimagen, y el uso nocturno del celular afecta el sueño, que a su vez deteriora la memoria, la regulación emocional y la capacidad de concentración. Hay que decirlo con honestidad, sin alarmismo: los efectos son reales, pero moderados, y la ciencia aún debate cuánto es causa y cuánto es correlación”, agregó.
El magíster en Psicología Social también advirtió que “el problema de fondo no se resuelve solo con una ley de edad mínima. Igual que regulamos el alcohol y el tabaco sin pretender que eso basta, aquí también necesitamos actuar en varios frentes al mismo tiempo, tales como regular el diseño de las propias plataformas para que dejen de usar arquitecturas pensadas para enganchar, incorporar educación en salud digital desde la escuela y establecer restricciones etarias con mecanismos que realmente funcionen y respeten la privacidad”.
“Sin ese enfoque integral, corremos el riesgo de aprobar una medida que sea útil políticamente, pero que en la práctica no cambie nada para los adolescentes”, remarcó.
Pensamiento crítico
Por su parte, el académico de la Escuela de Periodismo de la Universidad de La Serena, Pablo Andrada, quien se especializa en líneas de investigación sobre educación, cultura, comunicación y estudios de audiencias y medios, argumentó que “la prohibición lleva a que los adolescentes busquen alternativas para seguir usando las redes. Eso es lo que se ha visto en el caso de Australia, donde según las cifras que se han publicado que entre 63% y 69% siguen teniendo acceso a las plataformas”.
“En ese sentido, lo fundamental es el pensamiento crítico de niños y niñas. Desde la perspectiva de la Unesco se deben, desarrollar competencias mediáticas e informacionales en las niñeces que permitan navegar en la era digital”, añadió.
De acuerdo al Doctor en Comunicación, “es mejor convencer y acompañarlos con límites a los consumos y explicaciones claras sobre el uso de la tecnología que generen confianza y sentido para estar más preparados ante situaciones como el ciberacoso. La estrategia es que no tengan un aparato propio hasta una edad avanzada y que se acompañe y converse con los adolescentes sobre sus consumos, sin dejar de aprovechar las potencialidades de la tecnología para investigar, aprender y entretenerse”.
En suma a esto, el investigador alertó que “también los adultos deben ser conscientes de sus propias adicciones a la tecnología porque no se saca nada poniendo restricciones cuando la conducta de quien tiene el poder es opuesta a lo que se predica”.
