Héroes silenciosos del aula: artículo revela por qué algunos estudiantes arriesgan todo por defender a sus compañeros

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La publicación, que tiene entre sus autores a los académicos de la Universidad de La Serena Pablo Castro y David Cuadra -quien además es académico de la Universidad de Atacama- identificó el papel de la familia, el clima escolar y el bienestar personal en quienes enfrentan el rechazo para apoyar a otros.

En las escuelas existen estudiantes que, de manera espontánea, deciden apoyar a compañeros que son víctimas de burlas, exclusión o discriminación, aun cuando ello implique exponerse al rechazo de sus propios pares.

Este fenómeno fue analizado en una publicación en la que participaron los académicos de la Universidad de La Serena, David Cuadra y Pablo Castro -junto a los investigadores Millaray Monárdez, José Espinosa, Daniel Pérez, José Sandoval, Rodrigo Landabur y Aldo Vera- con el propósito de comprender qué motiva a algunos adolescentes a actuar en defensa de otros pese a los riesgos sociales que ello conlleva.

El estudio se desarrolló en un establecimiento educacional de la Región de Atacama con una importante presencia de estudiantes con necesidades educativas especiales -alrededor de un 15%- donde se entrevistó a jóvenes identificados por sus propios compañeros como personas que suelen realizar este tipo de conductas.

En relación a esto,  David Cuadra - quien es integrante del claustro del Doctorado en Psicología de la Universidad de La Serena y académico de la Universidad de Atacama- relató que se adjudicaron el proyecto Fondecyt Regular N.° 1250553 “Defender e incluir en la escuela: estudio mixto del comportamiento prosocial de alto costo en estudiantes secundarios y su relación con la convivencia, violencia y bienestar”, con el objetivo de comprender por qué algunos estudiantes deciden ayudar a otros, aun cuando ello implica asumir importantes costos personales.

Sobre esto, Cuadra sostuvo que “aunque no existe un único perfil, preliminarmente hemos identificado tres grupos. El primero corresponde a estudiantes que, por lealtad y coraje moral, protegen a sus amigos o compañeros cercanos; este es el comportamiento más común. Un segundo grupo está conformado por quienes tienen una fuerte identidad prosocial y valores humanitarios, por lo que están dispuestos a ayudar incluso a compañeros que no conocen, y un tercer perfil asume estas conductas porque experimenta el riesgo como algo atractivo o porque estas acciones pueden otorgarle reconocimiento entre sus pares”.

El Doctor en Psicología también señaló que “la prosocialidad costosa se comporta de manera diferente según el contexto y las características de quienes ayudan y quienes reciben ayuda. Además, observamos que quienes presentan un nivel intermedio de estas conductas tienden a ver más afectado su bienestar psicológico, mientras que quienes las realizan con mayor frecuencia muestran altos niveles de bienestar, probablemente porque cuentan con mejores habilidades sociales y una identidad prosocial más consolidada”.

“Nuestros resultados preliminares muestran que la prosocialidad costosa mejora el clima escolar y que al dirigirse a compañeros cercanos, reduce la agresión, mientras que ese efecto no se observa cuando la ayuda se presta a estudiantes desconocidos. Esto sugiere que fortalecer el sentido de pertenencia a la comunidad escolar podría ser clave para disminuir la violencia”, agregó.

Ahondando en esto, el investigador recalcó que “muchos estudiantes con una prosocialidad costosa de carácter bondadoso suelen ejercer liderazgos positivos dentro de la escuela, mientras que quienes ayudan motivados por la búsqueda de riesgo o reconocimiento social pueden asumir otros tipos de liderazgo. Por eso creemos que es necesario alfabetizar, desarrollar habilidades, monitorear y acompañar a estos estudiantes para potenciar estas conductas”.

En apoyo a esto, el académico hizo hincapié en que “tanto las políticas educativas como las escuelas deben considerar que ayudar, es un comportamiento que requiere ser comprendido y apoyado, por eso, proponemos promover la prosocialidad para mitigar la violencia y mejorar el clima escolar, contando con la supervisión de adultos, enseñando a los estudiantes a evaluar los riesgos de ayudar y a poner límites cuando sea necesario, identificando y apoyando a quienes podrían ver afectado su bienestar por involucrarse”.

“La prosocialidad debe incorporarse de manera sistemática en las escuelas, a través de un plan de trabajo liderado por docentes o integrantes del equipo de convivencia escolar, con participación activa de las familias”, insistió. 

Familia, escuela y bienestar: las claves del comportamiento prosocial

Por su parte, Pablo Castro - quien además es el secretario académico de la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Serena - detalló que “en psicología la prosocialidad se conoce como la tendencia de algunas personas a ayudar a otros y dentro de las escuelas existe un comportamiento específico que se llama comportamiento prosocial de alto costo, que es cuando algunos estudiantes deciden ayudar a otros, incluso exponiéndose a consecuencias negativas para ellos, ya sean sociales o físicas”.

“Un ejemplo de esto es cuando un estudiante decide sentarse al lado de otro del que todos acostumbran reírse, con el fin de apoyar, a riesgo de convertirse en alguien a quien los demás también molestarán”, afirmó.

El Doctor en Psicología puntualizó que “en este estudio se entrevistó a adolescentes qué hacen esto, para preguntarles qué creen que lo facilita o qué les juega en contra, de manera de ayudarnos a entender este fenómeno, que también se estudia como bondad, pero no en el sentido moralista, sino como una bondad activa, de personas que son capaces de asumir un riesgo por ayudar a un otro”.

“En este estudio vimos que influyen factores como tener familiares con este tipo de comportamientos -aprendiendo del ejemplo de los padres o cuidadores- o porque el colegio transmite esos valores y la sensación de bienestar que experimentan a largo plazo quienes ayudan”, añadió.

Sobre esto, el Dr. Castro indicó que “estos estudiantes nos explicaron que más allá de pasarla mal en el momento, eligen quedarse con la sensación de contribuir y ayudar, que es lo que conocemos como lo hedónico versus lo eudaimónico, es decir el placer del momento versus la sensación de bienestar a largo plazo”.

“Uno de los resultados más destacables, es que en las escuelas se les presta poca atención a este grupo de personas, siendo que se podría trabajar con ellos, para aprender por qué lo hacen, de manera de ayudar a replicar el comportamiento, mientras se les protege, al igual que se hace con las víctimas directas del bullying”, remarcó.

En esa línea, el investigador dijo que “esto también se debe trabajar con las familias, de manera que madres, padres y personas cuidadoras de estudiantes que realizan estos comportamientos prosociales puedan compartir su experiencia con otras familias, contar cómo vivieron esa situación y, a partir de ello, generar un plan de trabajo”.

Finalmente, los académicos destacaron el rol de la universidad y sus programas de pre y postgrado en la transferencia de estos resultados al sistema escolar. La investigación desarrollada, señalaron, debe llegar a las salas de clases y a las familias en forma de orientaciones aplicables, tarea que la formación doctoral y la de pregrado está llamada a sostener en el tiempo junto a las comunidades educativas.

Quienes deseen conocer más detalles sobre la investigación y sus principales hallazgos pueden acceder al artículo completo en el siguiente enlace: https://www.frontiersin.org/journals/psychology/articles/10.3389/fpsyg.2026.1846202/full?utm